viernes, 27 de abril de 2012

La cortesía--- ¿pásala?



Un día de estos, en mi rutinario recorrido a la universidad me topé con una situación muy particular. No es la primera vez que me pasa, pero es la primera vez que me atrevo a hablar de ello.

Iba para exposición final de Comunicación Corporativa, eso es sinónimo, para quienes no lo saben, de traje entero (sí, con saco y todo), zapatos de tacón lo suficientemente altos para que mi metro cincuenta de altura resalte frente a mis compañeros de clase, mil y un chunches en la mano repartidos en diferentes bolsas, peinado y maquillaje impecables –como pocas veces me han visto- , bolso repleto de todo lo necesario para la ocasión, entre otras carajadas que prefiero no recordar. Decido sentarme en los asientos de adelante porque con tanta cosa era imposible recorrer el bus.

Desde niña me enseñaron que los asientos de adelante deben guardarse para adultos mayores, mujeres embarazadas o personas con alguna discapacidad, pero entre el estrés y el calor, me ganó el berrinche.
Llegando a Barva se subió al bus un señor mayor, que dicho sea de paso, se veía bastante cansado. No podía olvidar mis principios morales, por lo que agarré todos los chunches, los hice un puño, me coloqué el bolso en el hombro izquierdo y con un suspiro y a regañadientes me levanté para darle campo, porque nadie hacía por donde hacer el gesto de amabilidad del día.

Pensé de inmediato que no se había percatado –aún con los tacones que me aumentaban unos ocho centímetros- de que le estaba dando campo. Entonces con la mano le toqué el brazo y le dije: “Señor, si gusta se sienta”, a lo que el señor me devuelve una mirada como si fuera yo la muerte que se lo iba a llevar.
Le insistí, por supuesto. No quería que mi gesto fuera en vano. A la segunda vez, le señalé el campo vacío, pero lo único que obtuve como respuesta fue un duro y seco “NO”, un enjache de esos que uno hace cuando alguien no le cae bien y por supuesto, un desplante.

Entonces pensé, ¿qué le pasa a la gente? De verdad que nunca se les queda bien con nada.
Si no me hubiese levantado, si me hubiese hecho la loca que no lo vio, o si simplemente lo hubiera visto pasar, muy probablemente el chofer se habría levantado para decirme que le diera el asiento preferencial, quizá alguien más le habría dado campo y me habría visto como una irrespetuosa, o tal vez nada de eso hubiera pasado, pero de seguro  habría llegado a mi destino pensando en que debí haberme levantado para que el señor se sentara.

Ah, pero no. Con todo respeto, esfuerzo y cortesía quise ser amable, valor que en esta sociedad parece que se lo han robado, al igual que muchas otras cosas, y termina mi gesto sin servir de nada, porque el señor no quiso que le diera campo. Quizá no aceptaba ser adulto mayor, o tal vez estaba amargado. El punto es que ahora no sabemos cómo nos va a responder la gente en la calle.

De verdad que uno se asombra de las respuestas de las personas que lo rodean. 

¿Entonces?

1 comentarios:

P. Vargas on 25 de junio de 2012, 15:22 dijo...

Vivimos en una sociedad tan indiferente, que el menor gesto de gracia nos incomoda. Increíble. Lo importante amiga, es que no permitas que las circunstancias del momento te impidan hacer con tu vida algo extraordinario. Un abrazo!

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